jueves, agosto 9
posted by José Elías Carlo at 8:45 p. m.


A los seis años tuve mi primer mejor amigo, se llamaba Kelvin y vivía en la calle de atrás de mi casa. ¿Que recuerdo de aquella amistad? El Nintendo, la cuesta en la que nos tirábamos en bicicletas y un ruido de trompeta que nos gustaba hacer a los dos con la boca. No me pregunten, es solo uno de esos recuerdos sin mucho sentido pero con algún misterioso valor.

Desde primer grado la lista de amigos fue subiendo. El andar en bonche entre amigos comenzó a ser la actividad predilecta y los cuatro controles del Nintendo comenzaron a usarse con más frecuencia. Curiosamente hoy, muchos años después, saco cuenta de mi grupo de amigos y no necesariamente comparto con todos las mismas actividades, gustos ni eventos. ¿Porqué los adultos somos tan complicados?

Son muchas las personas con las que disfruto compartir cosas simples en la semana pero pocas las que llamo "mejores amigos". La gente no es mala ni yo me he vuelto desconfiado del mundo. Solo que para definir el termino de amistad han dejado de ser tan determinantes las actividades en común con personas. Ahora todo recae en una palabra, "intimidad". Gente que me conoce bien, con la que no se mentir, que conocen mis debilidades y fortalezas y no se asustan. La madurés suma intimidad a las relaciones para definir lo que los años llamarán "mejores amigos".

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posted by José Elías Carlo at 4:09 p. m.
¿Qué importancia tiene un centavo? ¿Qué importancia tiene un voto? ¿Qué importancia tiene una opinión si todos los demás pensamos distinto? ¿Qué importancia tiene la goma vacía del carro de un desconocido con tanto trafico? ¿Qué importa una vida? Hace unos días leyendo una parábola de Jesús pude entender mejor esto. La famosa historia de un pastor que teniendo a su cargo cien ovejas se percata que le falta una. ¿Qué importa una oveja en comparación con noventa y nueve que están seguras en el redil? Contrario a lo que podríamos pensar este hombre parece sufrir ansiedad y preocupación ante la pregunta.

Los pastores de ovejas solían ser empleados de grandes señores. La perdida de una oveja parecía ser un asunto preocupante, si se perdía una por lo menos tenia que traer su lana como prueba de que esta había muerto. Este va a buscar esa única oveja, arriesgando la seguridad de las otras noventa y nueve. Hasta este punto, la historia me da mucho que pensar respecto a la visión colectiva con la que valorizo a los miembros de los vínculos sociales en los que me envuelvo. El pensamiento individualista de "cada cual con lo suyo" que en cotidianas situaciones descansa mi conciencia respecto a mi responsabilidad con mi prójimo como individuo. Decimos "si se fue, no hace falta" y al pastor de la historia no solo le hace falta esa única oveja sino que está dispuesto a la insensatez de arriesgar la seguridad de las demás por ella.

Poniéndome en el lugar de esa única oveja, muchas veces me he sentido perdido del redil. He pasado por etapas en las que he pensado que ha nadie le importa como siento y hasta he pensado que mucho menos a Dios. Las ovejas con temor al perderse tienen la peculiaridad de negarse a andar, se ponen tiesas; esto las convierte en presas fáciles para los lobos. Mi apatía, mi desinterés, mi orgullo y hasta mis propios prejuicios me tiesan y me estancan en el mismo lugar. La parábola narra que cuando el pastor encuentra la oveja que se había perdido la toma entre sus brazos. Es decir, el pastor sabe en que condición se encuentra la oveja y su típica forma de responder cuando siente temor. Aunque una criatura estando tiesa es mucho más pesada, con amor está dispuesto a cargarme, soportando el peso mis errores, mi desinterés y mi apatía.

y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles:
Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido.
Lucas 15.6

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